Mario CandeiasLouise Schmidt
Mario Candeias, investigador de la Rosa Luxemburg Stiftung
Louise Schmidt

Mario Candeias: «Una población que nunca es consultada directamente tiene la impresión de que la política no le atañe»

Friedrich Merz lidera el quinto Gobierno federal alemán de coalición entre conservadores y socialdemócratas desde el 6 de mayo de 2025, tras unas elecciones en las que la Unión (CDU) fue el partido más votado, con un 28,6 por ciento de los votos, y la AfD (Alternativa para Alemania), de extrema derecha, se convirtió en la segunda fuerza política, con un 20,60 por ciento. El partido socialdemócrata SPD, que alcanzó el 16,4 por ciento, se convirtió en el nuevo socio de coalición. El balance de este primer año de gobierno es sombrío, incluso desde las expectativas de aquellas personas que lo habían apoyado con sus votos.

En esta conversación con el periodista Stefan Armborst, Mario Candeias, investigador de la Fundación Rosa Luxemburgo en Berlín, analiza las causas profundas de la crisis múltiple en que está sumergida Alemania. En la segunda parte, este especialista en materia de transformación social, estrategias de izquierda y partidos políticos, delinea las perspectivas de Die Linke y el proyecto de crear una gran alianza social antifascista y una política ecológica con perspectiva de clase.

¿Cuál es tu primera valoración general tras un año de gobierno de Merz? ¿En qué consiste el dilema del CDU/CSU, que por un lado mantiene verbalmente la gran coalición multipartidista contra el AfD, mientras que, por otro lado, va asumiendo cada vez más los discursos y políticas populistas de ultraderecha? ¿Qué pasará si el SPD se debilita cada vez más?

Se trata realmente de un dilema político para ambos socios de coalición, ya que la coyuntura política en Alemania es frágil. Como mucho, la Unión sólo resulta atractiva para una cuarta parte del electorado. En las elecciones al Bundestag de 2017, de las que surgió el último Gobierno de Angela Merkel, aún era un tercio. Según recientes previsiones electorales, se producirá ahora una carrera reñida con la AfD, que ha ganado fuerza. Y aún más dramática es la situación del SPD que, según las últimas encuestas, alcanzaría hoy en día solo un 12 por ciento, es decir, apenas por encima del partido Die Linke.

Con razón, en los medios de comunicación se la ha definido como «pequeña coalición» en el Gobierno, porque realmente ya no es una gran coalición. Pero, sobre todo, en materia de política económica y social, este Gobierno apenas tiene elementos de consenso que ofrecer. Como ya has dicho, cada semana presenta nuevas propuestas e iniciativas para recortar las prestaciones sociales y reducir los derechos laborales; a ello se suman las políticas del miedo y la presión a favor del rearme. Además, el Gobierno no tiene ningún nuevo proyecto global que resulte atractivo para sus votantes. Tampoco el SPD tiene un proyecto nuevo destacable, dado que no resulta convincente la táctica de impedir solo lo peor de todo lo que propone el CDU/CSU de Merz.

Es una estrategia totalmente agotada. En realidad, la Unión únicamente se obstina en la radicalización de su antiguo proyecto de neoliberalismo autoritario, así como en el intento de lograr la competitividad en el mercado internacional a costa de la reducción de los salarios, el recorte de las prestaciones sociales y mediante la denominada «desburocratización». Esta última equivaldría al desmantelamiento de los estándares sociales, ecológicos y muchos otros; en la reducción general de todo lo que pudiera «lastrar» de alguna forma la economía neoliberal. Todo ello radicaliza lo que en las últimas décadas ha sido rechazado varias veces en las urnas. Desde la gran crisis de 2007/2008 ha quedado claro que el neoliberalismo ya no representa un proyecto para la sociedad en su conjunto, sino sólo para sus partes altamente privilegiadas. Y esto ahora se agudiza aún más, pero al mismo tiempo, fortalece a la ultraderecha.

¿Es socialmente coherente esta estrategia? ¿Podría tener éxito y compensar la pérdida efectiva de legitimidad? ¿Existe un debate público sobre el futuro? ¿O todas estas medidas que has mencionado acabarán, en última instancia, agravando la crisis y, con ello, la depresión que se extiende por la sociedad? ¿Cómo ves la situación social también desde un punto de vista subjetivo, colectivo?

Es cierto que, en parte, las políticas del miedo están surtiendo efecto. El miedo a perder el empleo, por ejemplo, hace que ahora no haya protestas sociales ni nada por el estilo. Y, de hecho, mucha gente piensa que, por ejemplo, la modernización ecológica, que ya se había encallado en el Gobierno de coalición, es ahora completamente inviable. Tomemos como ejemplo el gran sindicato metalúrgico alemán IG Metall, que con el fin de conservar puestos de trabajo está de acuerdo con la ampliación del plazo para la retirada de los motores de combustión y medidas similares, así como, en última instancia, con la reconversión hacia la industria armamentística. Y, al mismo tiempo, ocurre que mucha gente está totalmente decepcionada, se aleja por completo de la política establecida o se inclina fuertemente hacia la extrema derecha, entre ellos incluso muchos miembros, por ejemplo, del IG Metall. Sabemos que, en términos porcentuales, votan a la AfD más sindicalistas que la media de la población.

Esto tiene que ver con que el modelo exportador alemán ha llegado realmente a sus límites. Solo en 2025 se eliminaron 174.000 puestos de trabajo, 50.000 de ellos en la industria automovilística. Las grandes empresas del sector han anunciado recientemente la supresión de otros 100.000 puestos de trabajo. Gran número de trabajadores y trabajadoras temporales ya han tenido que abandonar las empresas. Por supuesto, toda esta evolución comenzó hace años en la industria de proveedores de automoción pero también con la pérdida de toda la producción eólica y solar ubicada en Alemania. El ritmo de la crisis se ha agudizado tanto que ahora no solo se ven afectadas las grandes empresas del sector del automóvil, sino también las de fabricación de máquinas, así como las de los sectores químico y siderúrgico. Y la causa no son solo los errores relacionados con la política de modelos en la producción de vehículos —demasiado grandes, demasiado pesados, demasiado caros—, sino en general la lenta modernización ecológica, que, de hecho, también ha sido deliberadamente bloqueada, no solo por parte del partido liberal FDP, sino también por los conservadores, hasta por el AfD, así como por una gran coalición de los medios de comunicación. En la actualidad, se puede hablar incluso de una cohesión societal que se plasma en un conservadurismo radicalizado.

La respuesta a la crisis de 2008/2009 fue también en Alemania, como tú has escrito, un «neoliberalismo de austeridad radical», que impulsó la redistribución de abajo hacia arriba. Pero, ¿por qué ha llegado a sus límites? ¿Cuáles son las causas estructurales del derrumbe del modelo económico alemán?

En materia de política económica, en este modelo económico no existe un compromiso real con la conservación y renovación de la base productiva. Las inversiones han alcanzado un mínimo histórico, cayendo a un nivel nunca visto en la Alemania de la posguerra. Esta tendencia es también responsable de la actual grave crisis de infraestructuras. Y esto tiene que ver con una competencia en el mercado mundial que ha cambiado por completo. Ya no hay mucho que ganar en los dos mercados más importantes para las exportaciones alemanas. Estados Unidos es uno de ellos. Allí, los grandes programas de inversión estaban vinculados a un requisito de «contenido local», según el cuál una parte determinada de los productos subvencionados debía fabricarse dentro de sus fronteras. A esto se suma ahora la agresiva política arancelaria de la Administración Trump. Por otro lado está China, cuya economía ha superado ampliamente a las grandes empresas alemanas en sectores clave como la automoción, además de en el transporte ferroviario, la fabricación de máquinas y la química, y ha tomado la delantera tecnológica a nivel mundial. En energía eólica y solar son campeones con gran ventaja, y ahora tienen una reñida carrera con EEUU en materia de Inteligencia Artificial. Frente a ellos, Alemania va completamente a la zaga.

Analicemos con más detalle los cambios geoestratégicos y geoeconómicos. ¿Han pillado a Alemania con la guardia baja? ¿Cuáles fueron las decisiones erróneas fundamentales que contribuyeron a ese declive económico?

Alemania y Europa quizá habrían tenido una oportunidad si hubieran abordado realmente como su proyecto el capitalismo verde – que desde la izquierda criticamos por múltiples razones. Las condiciones para ello eran, sin duda, muy favorables. En este sentido, la coalición «semáforo» entre SPD, CDU/CSU y Bündnis 90/Die Grünen se había concebido como una coalición progresista. Con el partido verde en el Gobierno, existían programas ambiciosos al respecto. Y con su Green Deal también la UE había puesto en marcha enormes programas de modernización.

En ambos casos hubo problemas de implementación, tanto a nivel interno del Gobierno como en la relación con el capital. Desde una interpretación marxista, el capitalismo verde en Europa y en Alemania prometía ciertamente un proyecto de acumulación en escala ampliada, es decir, un aumento del capital a medio y largo plazo. Pero la transición hacia una modernización ecológica realmente consecuente significaría que, en un primer momento, el capital fijo invertido en las industrias fósiles se vería amenazado. Y eso que este capital sigue siendo altamente rentable. Los coches demasiado pesados, demasiado caros y demasiado grandes no se fabricaron simplemente porque fueran geniales; también se podrían haber fabricado coches pequeños, para los que existía y existe una demanda. Pero, en comparación con aquellos, el margen de beneficio de los vehículos pequeños es demasiado bajo. Y si ahora se quiere crear una nueva industria, las tasas de beneficio no serán tan altas, al menos de momento.

A diferencia de China, donde también son importantes las inversiones a largo plazo, durante las últimas décadas los grandes consorcios de Alemania y otros lugares, orientados hacia la financiarización y la mentalidad de los accionistas, han apostado fundamentalmente por los beneficios a corto plazo. Han dado preferencia a la conservación del capital fijo, que seguía generando altas tasas de beneficio, antes que invertir en el futuro. Por eso, las tasas de inversión en Alemania han caído tanto. Tampoco se logró implementar un modelo de crecimiento «verde» del que se beneficiaran también las mayorías. Al proyecto previsto de modernización ecológica le faltaba el componente social para que ambas partes se fortalecieran —y para que, siguiendo el modelo keynesiano, se pudiera aumentar el consumo, de modo que se creara un ciclo económico que funcionara—. Pero esto último no lo querían las élites, ni aquí ni en EEUU, lo que ha llevado a que gran parte de la población considerara la modernización ecológica como «impuesta desde arriba».

Ante el aumento de los precios y del coste de la vida, inherente al propio proyecto pero mal explicado, y agravado aún más por la guerra de Ucrania, muchos lo interpretaron como un ataque contra ellos mismos, precisamente porque ni en Alemania ni en Europa, ni tampoco en EEUU, se adoptaron medidas compensatorias por parte del Estado. La campaña de la derecha pudo entonces aprovechar la situación: surgió, por así decirlo, una amplia coalición de la derecha contra la modernización ecológica o el «capitalismo verde». Además del hecho fundamental de que el capital no la respaldaba realmente, esto condujo a que el proyecto fuera efectivamente derrocado en Occidente.

A nivel global, las inversiones fueron escasas y la transformación demasiado lenta para seguir el ritmo de los cambios en el mercado mundial. Una de las razones fue la miopía de no darse cuenta de que ya existía otro país que había declarado el capitalismo verde, por así decirlo, como razón de Estado: China. Las enormes inversiones estatales realizadas allí renovaron realmente la base de la economía nacional desde el punto de vista ecológico. China ha pasado de ser destino para la externalización de procesos de producción y fabricación a convertirse en una nación líder en tecnología. Esto enfurece también a EEUU, que, en su declive, apuesta por la violencia y la política de poder, porque ya no puede frenar el ascenso de China ni tecnológica ni económicamente.

¿Cómo crees que se sitúa Alemania hoy en día en la política internacional? Piensa, por ejemplo, en la guerra de Ucrania, que sin duda va a continuar, y también en la relación ambivalente con EEUU ¿Decadencia o una nueva hegemonía respaldada militarmente?

Europa, y especialmente Alemania, se encuentra entre dos aguas. No sabe cómo actuar, porque, naturalmente, sigue formando parte de la coalición de la OTAN y de una gran alianza con su socio histórico, EEUU. Y, cuando éste dice que China es ahora el gran competidor, Europa le sigue la corriente y dirige las mismas opiniones reacias contra China. Al mismo tiempo, depende enormemente de las exportaciones hacia el gigante asiático. Esta es la razón estructural de la actual indecisión en la política.

Alemania debería reconocer que, aunque China no es todavía la nueva potencia hegemónica, realmente es la nueva potencia económica mundial, con la que debería mantener, como mínimo, una buena relación de cooperación, ya que, si la economía alemana no puede seguir el ritmo de la misma forma que antes, si ya no es la campeona mundial de las exportaciones, si ya no es una nación líder en tecnología, entonces debería encontrar un nuevo acuerdo. Y en este momento no existe en la República Federal Alemana ni siquiera un mínimo de reflexión coherente al respecto. En este país no se ha asimilado el declive objetivo. Más bien se sigue intentando restablecer de alguna manera la competitividad, pero sin recurrir a las llamadas viejas virtudes, es decir, una alta productividad mediante salarios elevados e innovaciones tecnológicas de vanguardia, sino simplemente a través de la competitividad en los precios (reducir los salarios, eliminar barreras, rebajar estándares).

¿Cuáles son los retos para que el país salga de su depresión colectiva?

Alemania debería reorganizar su propio declive, pero no tiene ni idea de cómo hacerlo. Y eso conduce a una enorme inquietud y también a una gran polarización en la sociedad. Hay que recordar que muchos sectores activos de la sociedad civil se ven paralizados también porque, de repente, se cuestionan masivamente los logros de las últimas décadas. Y entonces hay que volver a librar las luchas que ya libró la abuela y que, en realidad, ya se consideraban ganadas. Esto afecta al ámbito de la transición ecológica, pero no solo. Pensemos en el servicio militar obligatorio, cuya reintroducción se está llevando a cabo en estos momentos.

Es cierto que todos estos retrocesos también movilizan a una parte de la sociedad en un sentido progresista, lo que también beneficia al partido Die Linke, que se ha estabilizado entre el 10 y el 11 por ciento. Sin embargo, para muchos en este país, las crisis perpetuas, los constantes pasos hacia atrás, la falta de legitimidad y la ausencia de perspectivas desembocan subjetivamente en un clima de fascistización que intimida masivamente y que ha causado que la extrema derecha experimente un auge.

La crisis de la acumulación y la rentabilidad del capital está llevando a que la clase dirigente alemana apueste por un capitalismo «verde-militar», que implica el desvío de fondos públicos y un nuevo endeudamiento en favor de la industria armamentística ¿En qué medida este paso, fundamentalmente desastroso, agrava la crisis también desde la lógica del capital?

Es ambiguo, porque, en primer lugar, tiene sentido movilizar fondos públicos e invertirlos en la economía. Ahora bien, centrarse en el rearme militar es totalmente erróneo. Estos gastos provocan daños ecológicos inmediatos, así como también sufrimiento, destrucción, y muerte cuando se utilizan estas armas. Pero también desde el punto de vista económico, inyectar miles y miles de millones en la industria armamentística no tiene un gran efecto, ni siquiera en lo que respecta al empleo. No puede compensar en absoluto la pérdida de puestos de trabajo que se está produciendo actualmente en sectores mucho más grandes, como la industria automovilística, la fabricación de herramientas o la industria química.

A medio plazo, tales inversiones en belicismo no se traducen en absoluto en productividad para la economía, mientras que las inversiones en infraestructuras aumentan directamente el beneficio de otras empresas capitalistas. Las inversiones en educación aumentan la productividad de la mano de obra en este país y conducen indirectamente a mayores beneficios. Esto no ocurre con el armamentismo. Debido a la fijación monopolística de precios, este sector industrial puede exigir precios mucho más elevados que, naturalmente, paga el Estado, es decir, los y las contribuyentes. Pero, a diferencia de las máquinas o de la mano de obra, que se emplean para la producción de mercancías, aquí se fabrican bienes improductivos que solo pueden ser «rentables» si se consumen. «Consumirlos» significa exportarlos para las guerras de otros o librar guerras uno mismo. Así se pueden producir otros nuevos y se crea una especie de ciclo.

Esa es también la experiencia del New Deal de Roosevelt, de carácter muy diferente, que, por supuesto, tenía una orientación sociopolítica totalmente distinta. Pero tampoco en su momento funcionó adecuadamente, hasta que la Guerra Mundial y la economía de guerra en el lado doméstico pudieron generar un crecimiento rentable. Es decir, esta perspectiva de aumentar el rendimiento económico mediante el aumento de la «capacidad de defensa» únicamente se cumple realmente si se está dispuesto a librar el número correspondiente de guerras.

La toma del poder por parte de los nacionalsocialistas fue realmente un modelo alternativo de capitalismo de Estado frente al liberalismo de la democracia de Weimar. Hoy en día existe una Internacional fascista que se coordina activamente. Respecto a Alemania: ¿Tiene el AfD un programa realmente propio? ¿Qué consecuencias tendría que este partido llegara al poder? ¿Significaría que, en cierto modo, la línea de Trump habrá ganado en Europa?

En primer lugar, hay que ser cautelosos en lo que respecta a las comparaciones con los años 30. Existe una gran diferencia. Siempre duele decirlo, pero los nazis tenían un proyecto de modernización. En ese sentido, si lo expresamos en términos gramscianos, tenían una orientación mucho más hegemónica, a través de una especie de modernización brutal del capitalismo con inversiones estatales, ampliación de infraestructuras, incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo, etc. Nada agradable, pero un proyecto de modernización.

La actual derecha radical en el mundo es, por el contrario, un proyecto distópico, el intento de una apropiación cleptocrática del Estado, en parte directamente por parte de la lumpenburguesía, como se decía antes. Se trata de facciones del capital que ya no buscan llevar a cabo la acumulación en una escala ampliada, sino expropiar lo más ampliamente posible la riqueza que aún queda en el mundo, sin ser productivas ellas mismas. La derecha global es un proyecto a corto plazo para apropiarse en los próximos 10 o 15 años de todo lo que sea posible y derribar todas las barreras que se interponen en el camino del capital, de modo que unos pocos puedan apropiarse de la riqueza social y de lo que la naturaleza aún tiene por ofrecer al sistema. Al hacerlo, aceptan conscientemente que gran parte del mundo, sobre todo en lo que respecta a los fundamentos naturales de la vida, quede completamente destruido y que se produzca un colapso en determinados sectores de la sociedad. El derrumbe de ciertas infraestructuras y la destrucción masivas de estructuras sociales son procesos pretendidos deliberadamente, porque la «guerra civil desde arriba» forma parte de su programa para crear un mundo diferente, que será todo menos digno de ser vivido. Así de distópico es ya todo esto.

Frente a ello, el AfD aún no lo tiene tan claro. Por supuesto, quiere llegar a los comederos del poder, pero sigue siendo un partido de composición muy heterogénea. – a diferencia de Italia, por ejemplo, donde Meloni se ha encargado de que las facciones más radicales, antiestatistas y, en su discurso, anticapitalistas y antiimperialistas de derechas, quedaran totalmente marginadas. En el AfD, en cambio, todavía hay de todo: pro-Putin, anti-OTAN, pro-Trump, pro-Milei, ni hablar de gobernar o, por el contrario, gobernar a toda costa. Tendrá que producirse aún un cierto proceso, porque la presión para gobernar aumentará y entonces ciertas corrientes quedarán marginadas. Pero está claro que el AfD apuesta por dividir a la Unión y por formar luego un gobierno conjunto con la parte radicalizada, que ya existe. Por ejemplo, en este país, esto significaría seguir el camino que Milei ha trazado en Argentina.

¿La posible estrategia del AfD cuando tenga una participación gubernamental? Por un lado, mucho clientelismo estatal en beneficio propio; por otro, destruir todo lo que aún existe en Alemania de democracia social en un sentido estricto. Y esto no es poco, incluso destruir los propios procedimientos democráticos, que este partido solo aplica con desprecio. Así que está en juego todo, no solo cuestiones de redistribución social, sino también el modo de vida solidario y democrático al que se intenta atacar. En este sentido, es cierto que si el AfD llega al poder en Alemania, el pensamiento y la actuación de la Administración Trump se impondrán plenamente en este país, aunque quizá él mismo ya habrá perdido, pero ambos no provienen originalmente de él, sino que son bastante más antiguos y también cuentan con el apoyo de fuerzas muy diferentes en EEUU.

Parece que tanto en Alemania y en Europa nos encontramos ante una encrucijada decisiva. El partido Die Linke se fundó con el objetivo de unir todas las tendencias políticas a la izquierda del SPD. ¿Acaso ahora su cometido principal resulta ser algo diferente, como simplemente defender la democracia parlamentaria como tal?

En cuanto al resto de Europa, Francia es otro caso en el que probablemente sea solo cuestión de tiempo que el Rassemblement National llegue al poder. Y entonces imaginemos por un momento que tenemos a los tres países europeos más grandes, Italia, Francia y Alemania, con gobiernos que se han radicalizado desde el conservadurismo hasta el fascismo y que están armados hasta los dientes, porque ahora se supone que todos debemos estar a favor del rearme contra los rusos, que supuestamente mañana ya estarán a las puertas. ¿Qué tipo de política cabe esperar? Es tremendamente peligroso. Por eso, en Alemania hay que poner en marcha todo para impedir que incluso aquellas fuerzas de la Unión que aún defienden ideas democráticas den ese paso.

¿Tienen las izquierdas sociales y de partido alemanas el potencial para abordar abiertamente todos los temas realmente relevantes que no aparecen en el discurso político oficial del país?

Se trata de volver a hacer llegar a la gente lo que acabo de esbozar. ¿No les parecería bien a las personas que alguien dijera por fin la verdad abiertamente? Estoy convencido de que este debate libre y abierto es el primer requisito para poder siquiera vislumbrar juntos y juntas soluciones que sean lo más constructivas posible. Bueno, digamos que hay una oportunidad. El partido Die Linke tuvo mucha suerte. Seis semanas antes de las elecciones nacionales de 2025, parecía que iba a quedar destruido. Si el partido no hubiera logrado entrar en el Bundestag, habría desaparecido del mapa. Hubo muchas circunstancias afortunadas, sobre todo el aumento de personas afiliadas, la campaña puerta a puerta y demás, que lo hicieron posible.

Pero, en última instancia, nuestro mejor ayudante electoral fue el propio Friedrich Merz, quien —días antes del 6 de mayo de 2025— como jefe de la bancada conservadora en el antiguo Bundestag, había promovido una votación para endurecer la política migratoria, teniendo el pleno apoyo del AfD. Esto provocó enormes protestas en la sociedad, en las que Die Linke pudo perfilarse como polo antifascista consiguiendo así el éxito sorprendente en las elecciones. Este viento a favor nos impulsará todavía un rato, pero no es ningún automatismo. Die Linke es un partido que se ha renovado por completo: en varias oleadas más de 70.000 nuevos miembros se han incorporado en el mismo, es decir, dos terceras partes del total. Los antiguos miembros, como yo, somos hoy claramente una minoría. Y en estas nuevas circunstancias, el partido tiene que reorganizarse primero. Todavía no existe en el partido una verdadera cohesión intergeneracional.

Por eso, ahora también se ha lanzado un proceso de elaboración de un programa orientado a una amplia participación, para que, en primer lugar, todos y todas puedan partir de la misma base. Y, por supuesto, hay mucha actividad, mucha más que antes: volver a salir a la calle, a la gente, llamar a las puertas, ahora también a las empresas. Antes de las últimas elecciones federales, esta línea de trabajo de base había encontrado poco apoyo en el partido, pero ahora ya nadie la critica. Principalmente a la gente joven afiliada les atrae este nuevo empuje de activismo de base. En este sentido, en tiempos tan tensos y polarizados como estos, existe la oportunidad de que nos convirtamos en un verdadero contrapeso al AfD, como durante mucho tiempo lo fue el partido Bündnis 90/Die Grünen.

Entonces, ¿a qué retos se enfrenta el partido Die Linke? ¿Qué corrientes hay en el partido? ¿Qué debate estratégico se está llevando a cabo allí?

Por supuesto, lo dicho hasta ahora plantea retos enormes a un partido que sigue siendo pequeño, aunque es un debate muy vivo. Ahora debemos, en primer lugar, estabilizar este partido, pero sin perder nunca de vista que queremos hacer política de otra manera. Hablamos abiertamente de todo lo que se ha mencionado hasta ahora y nuestro afán consiste en comunicarnos de verdad con la ciudadanía. Por lo tanto, no somos un partido puramente parlamentario ni nada por el estilo, sino que salimos a la calle, a los barrios desfavorecidos, incluso también a todas las personas a las que queremos atraer.

Aún hay muchas personas indecisas, vacilantes, y ahora se trata de evitar que muchas de ellas se inclinen hacia la extrema derecha e integrarlas en un proyecto de esperanza. Y esta idea despierta interés, porque normalmente nadie habla directamente con la gente, ya que los otros partidos suelen actuar únicamente a través de los medios de comunicación. Una población que no es consultada directamente tiene la impresión de que la política no le atañe, excepto en un sentido negativo, es decir, que la política vaya incluso en su contra. Y si se entabla con ellos y ellas una comunicación, a ser posible más duradera; si se les motiva incluso a participar en proyectos, en el barrio, en el vecindario o donde sea, entonces cambia su actitud hacia la política.

Se trata de protesta y resistencia, de enfoques positivos de cambio, pero también de volver a vivir en comunidad, de reunirse e intercambiar ideas, de organizar fiestas y jugar con los niños. Eso ya no existe en muchos lugares. En muchos barrios predomina una enorme soledad, la sensación de estar desbordado/a y de que te abandonan. Y ahí es donde la izquierda puede actuar, por así decirlo, tanto a nivel cultural como con ayudas concretas, por ejemplo, revisando la factura de la calefacción, la liquidación de gastos de comunidad o los alquileres excesivos, etc.

A finales de 2025 y principios de 2026, en un artículo titulado «Desplazar el campo político hacia la izquierda», relacionaste las cuestiones sociales y ecológicas con la propuesta de una «alianza del antifascismo social».

Hay que dejar claro que somos muy diferentes, pero queremos remar en la misma dirección con todos los sectores democráticos de la sociedad que se lo toman en serio. Se trata de formar una especie de frente popular social, porque de lo contrario somos demasiado pequeños. Esto significa que también hay que entrar en contacto con todo este entorno progresista, no necesariamente directamente con el SPD y Bündnis 90/Die Grünen, sino con muchos que provienen del ámbito ecologista, de movimientos sociales y ecologistas, de asociaciones y grupos cercanos a la socialdemocracia, organizados en el ámbito de la sociedad civil. Se trata de impulsar y desarrollar de manera conjunta la idea de un antifascismo social que se enfrenta también al conservadurismo radicalizado y al neoliberalismo tardío, igual que a las causas estructurales: treinta años de capitalismo neoliberal. Y en este contexto también debemos reflexionar sobre todos los errores en los que han incurrido la socialdemocracia y el partido verde, y en parte también quienes son responsables del partido Die Linke, y hacernos cargo de ellos.

Es necesario volver a vincular el antifascismo con la cuestión social para que vuelva a resultar atractivo. Ahora bien, en la alianza antifascista social amplia a la que aspiramos habrá bastante gente aliada que en ciertas cuestiones estará totalmente de nuestro lado, pero en cuestiones de defensa, por ejemplo, estarán más lejos de nuestra posición, igual que tal vez en el caso de la guerra en Ucrania o el de Gaza, lo que siempre provoca graves divisiones en el campo progresista alemán.

Eso es lo que lo hace tan difícil. Debemos seguir siendo reconocibles, debemos lograr un giro hacia la izquierda para que no se quede en un antifascismo impotente. Al mismo tiempo, debemos convencer a las fuerzas democráticas de la necesidad de nuestro enfoque forjando alianzas con fuerzas de quienes, al mismo tiempo, tendemos a distanciarnos en otras cuestiones. Se trata de una especie de doble estrategia que no es fácil y que también resulta controvertida internamente con vista a los recursos limitados de nuestro partido. Pero, por supuesto, hay que llevar a cabo el debate.

¿En la Fundación Rosa Luxemburg se ha acuñado el concepto de «proyectos de entrada» (Einstiegsprojekte) como primer paso hacia un cambio social fundamental? ¿De qué se trata?

Me gustaría ilustrar este concepto con el ejemplo del movimiento de inquilinos en Berlín. Intentamos combatir de forma muy práctica la especulación inmobiliaria y, al mismo tiempo, encontrar formas de abordar y criticar cuestiones estructurales de distribución y propiedad. Empezamos con una aplicación desarrollada por la Fundación Rosa Luxemburg y el grupo parlamentario del Bundestag, en la que puedes introducir tus condiciones de alquiler. La aplicación te indica si hay especulación inmobiliaria o no, y te pone en contacto directamente con la oficina de vivienda. Funciona de maravilla. Luego, en el ámbito de los alquileres, se trata de demandar y aplicar una regulación más estricta: la obligación de que los grandes arrendadores destinen un porcentaje determinado de sus viviendas a viviendas de protección oficial. Esto es conforme a la Constitución y no cuesta nada. Otro aspecto es la instauración inmediata del límite de alquileres para las empresas de vivienda de propiedad estatal, esto no resuelve el problema de raíz, pero reduce considerablemente la presión sobre los alquileres. Y, por último, se trata de conseguir que se haga cumplir el referéndum de Berlín sobre la expropiación de la empresa de viviendas Deutsche Wohnen & Co. Son medidas iniciales que suponen mejoras concretas e inmediatas para la mayoría y, al mismo tiempo, allanan el camino hacia cambios estructurales sociales más profundos.

En septiembre de este año hay elecciones regionales en los Estados federados de Sajonia-Anhalt y de Berlín. ¿Cuáles son los retos para Die Linke en este contexto?

En Sajonia-Anhalt, donde el presidente regional del AfD aspira a gobernar en solitario, somos el contrapunto a la CDU, actualmente en el poder, y al AfD. Todavía no creo que este vaya a obtener la mayoría absoluta, ya que, según las encuestas, la mayoría de la población del Estado federado no quiere al AfD en el Gobierno. Por cierto, esto también se aplica a la mayoría de la base de miembros del AfD.

Por otro lado, la CDU de Sajonia-Anhalt se caracteriza por su conservadurismo a ultranza. Hay fuerzas poderosas que llevan mucho tiempo abogando en pro de una colaboración con el AfD. Aunque Schulze (CDU), actual presidente regional, se pronuncia en contra de la misma, ya ha dejado una puerta abierta, debido a que, según él, no se puede impedir que «los falsos» voten a favor de una buena propuesta de ley. Oficialmente sigue vigente la resolución de doble incompatibilidad tanto con Die Linke como con el AfD. Sin embargo, previsiblemente las dos fuerzas serán las únicas con las que se podrán forjar mayorías en el futuro parlamento de este Estado federado. Así que el CDU tendrá que decidirse.

¿Y qué oportunidades ofrece Berlín?

En Berlín, tras las elecciones de septiembre, quizá podamos tener por primera vez una alcaldesa de izquierdas. Esto convertiría a Berlín en un faro, tal y como lo es ahora Nueva York. Para ello, Die Linke necesita mucho apoyo por parte de los movimientos sociales y del sector progresista, el acercamiento a la gente en el día a día y la participación de cientos de miles de personas en la campaña electoral. El reto consiste en demostrar fehacientemente que es posible una forma de política totalmente diferente y, sobre todo, en hacer visibles alternativas concretas. Muchas personas encuentran nuestras ideas muy simpáticas, pero no creen que podamos llevarlas a cabo. Por eso debemos demostrar que podemos realmente marcar la diferencia.

Si pudiéramos difundir y reforzar nuestro concepto de una amplia alianza social como baluarte contra el fascismo y el neoliberalismo tardío, entonces podríamos atraer tanto al electorado indeciso como a aquellas personas que hasta ahora han votado al SPD o al Bündnis 90/Die Grünen. Se trata de formar un polo que quizá resulte atractivo también para los otros dos partidos mencionados, los cuales están un poco desorientados en este momento.

No lo digo con malicia, sino que realmente es un problema que el SPD se está derrumbando lentamente y que el partido verde no sepa si ahora deben gobernar lo antes posible con la CDU y renunciar a todo lo que alguna vez quisieron, o si deben intentar dar un giro a la izquierda. ¿Qué significa esto concretamente en Berlín? Este Estado federado volvería a tener un gobierno rojo-rojo-verde, es decir una coalición entre SPD, Die Linke y Bündnis90/Die Grünen, esta vez bajo el liderazgo del partido La Izquierda. La gran pregunta es, por supuesto, ¿qué hará el SPD? ¿Será capaz de recomponerse? Hay muchos problemas en Berlín cuyas soluciones podrían contar con un amplio consenso.

Por supuesto, no sabemos si funcionará así. Pero también es cierto que el SPD siempre quiere gobernar, así que, si hay una buena oferta, quizá se sumen. Naturalmente, también tendrían que facilitar la expropiación de las grandes empresas privadas gestoras de las viviendas de propiedad estatal, o al menos dejar de oponerse a ella. Así esta medida podría convertirse en un proyecto emblemático.

Mario, te defines a ti mismo como ecosocialista. Explícanos lo qué para ti se entiende por «política de clase ecológica».

En este ámbito, Alemania fue pionera durante años. Basta con pensar en la fundación del partido Los Verdes al comienzo de los años 80, que ya entonces reunía en sus estatutos fundacionales la ecología, el socialismo y el antimilitarismo. Toda Europa tenía los ojos puestos en ello. Y hasta hoy sigue existiendo en este país una amplia conciencia en materia de ecología y, desde hace algunos años, también en relación con las repercusiones (también sociales) de la catástrofe climática, independientemente de la estrategia de las fuerzas dominantes de relegar o instrumentalizar estas cuestiones. Esta conciencia no desaparece de la noche a la mañana.

Si echamos la vista atrás, el partido Die Linke, en sus inicios —por decirlo de forma muy simplificada—, a pesar de su agenda ecológica, no era más que el contrapeso sociopolítico del SPD. A partir de cierto momento, esto dejó de ser viable. Y por eso, ya hace 15 años, nos planteamos cómo podíamos situar al partido sobre una base más moderna, que también convenciera a las generaciones más jóvenes, que tienen una conciencia ecológica muy diferente y son mucho más feministas y antirracistas.
Así se generó un conglomerado de muchos temas, lo que, naturalmente, condujo a cierta falta de concreción. Por eso buscamos lo que nos une: una política de clase amplia que cohesiona. No el centralismo de la vieja contradicción principal, sino como un enfoque atractivo que, por un lado, analiza cada tema también desde una perspectiva de política de clase y que, por otro lado, hace que ésta última constituya precisamente el elemento aglutinador con respecto a las demás cuestiones. Esto resulta relativamente fácil en el ámbito social. Allí están el capital y el trabajo, están los conflictos sindicales, pero estos ya no se abordaban desde una perspectiva de política de clase, sino precisamente en el marco de una relación de cooperación entre las asociaciones patronales y sindicales (Sozialpartnerschaft).

¿Nos das un ejemplo de ello?

Tomemos, por ejemplo, la necesaria superación de las estructuras patriarcales. Nuestro enfoque va más allá de las luchas por el reconocimiento que muchas veces terminaron con la integración de los movimientos sociales en el neoliberalismo – aunque somos conscientes de que la igualdad de derechos también se ha conquistado y no es una mera concesión por parte del capital. Pero en nuestro enfoque de plantear la cuestión de género desde una perspectiva de política de clase no es nuestro principal interés que haya el mayor número posible de mujeres en los consejos de administración corporativos. En cambio, queremos dejar claro que es el ámbito de la reproducción social el que está sufriendo más las actuales luchas de clases desde arriba: las mujeres en profesiones tradicionalmente femeninas, las familias monoparentales, los y las menores de edad, etc. Esta disyuntiva concierne también a la ecología, ya que se puede estar a favor de una modernización ecológica sin ninguna política social, sin tener en cuenta la reproducción social. Allí queremos, por el contrario, que la política ecológica apunte al mismo tiempo a una mejora social. Esto empieza por la reconversión de la industria, no proponiendo, como hizo durante un tiempo el partido Bündnis 90/Die Grünen, puestos de trabajo en el sector servicios para quienes trabajaban en fábricas de automóviles, sino diseñando otras líneas de producción, para el transporte público, vehículos ferroviarios, autobuses, etc., donde existe una gran demanda y, por tanto, también un mercado enorme. Toda transformación socioecológica real requiere una enorme ampliación de las infraestructuras societales, también porque el trabajo de cuidados es mucho menos perjudicial que el consumo de bienes que desperdicia recursos. Su ampliación proporcionaría al mismo tiempo una base social para que las personas reduzcan su ansiedad, ya que se garantizaría la satisfacción de las necesidades básicas y se crearía más soberanía en el uso del propio tiempo vital.

¿Bienestar en el tiempo? ¿Lo puedes explicar con más detalle?

Se trata de aumentar el «tiempo propio» reduciendo la presión de tener que compensarlo todo constantemente mediante el consumo, porque si existiera una infraestructura social pública, nadie tendría que temer costes desorbitados en alquiler, salud, educación o energía; la reducción de la jornada laboral daría más tiempo para el cuidado no remunerado de los demás y de uno mismo, o para el compromiso con la comunidad. Estas orientaciones deben ir acompañadas de reformas concretas, por ejemplo, en materia de energía. Por supuesto, los precios de la energía deben subir para que exista un incentivo a consumir menos, pero la satisfacción de las necesidades básicas debe ser gratuita o muy barata; sin embargo, quienes consumen mucho —y nunca es la gente con menores recursos— lógicamente deberán pagar el recargo correspondiente. Esto sí sería una «política de clase ecológica», en la que se elimine el miedo de las grandes mayorías mediante una agenda de política social con un enfoque socio-ecológico.

Dada la enorme magnitud de la crisis, ¿existe aún tiempo para políticas de reforma o debería haber algo completamente diferente?

Hemos visto que las reformas incrementales dentro del capitalismo ya no son suficientes. Lo comprueban las numerosas reformas aprobadas por los variados gobiernos de coalición en Alemania. Ahora se precisan respuestas más abarcadoras si queremos afrontar la profunda crisis de la reproducción social y aliviar el enorme agotamiento de la gente, esa rueda de hámster que los individuos llegan al límite de sus propias capacidades y aún así ya no pueden pagarse la vida, y a esto se suman las catástrofes ecológicas en ciernes. Todos estos retos exigen dar un paso audaz en otra dirección.

Por lo tanto, necesitamos una alternativa socialista que plantee la cuestión del poder en lo que respecta a la distribución de la riqueza y el control de los recursos: ¿es posible transmitir esto hoy en día?

Personas como Corbyn en Gran Bretaña y Sanders en EEUU han conseguido que el término «socialismo» sea otra vez aceptable. Precisamente en Alemania esto resultaba difícil, pero últimamente se ha puesto de moda hablar de socialismo, sobre todo entre las personas jóvenes. Prueba de ello es el interés que suscita todo lo que publicamos sobre el tema.

De alguna manera, la gente se está dando cuenta de que ya no se puede seguir con el business as usual. Aquellos que no se inclinan hacia la extrema derecha buscan una alternativa que sea más que unas cuantas buenas propuestas de reforma social. Y eso puede ser precisamente un socialismo verde inclusivo o un ecosocialismo, da igual cómo se llame. Se trata de una política que une, que plantea cuestiones de propiedad, cuestiones sobre el género humano en la naturaleza y las de una economía verdaderamente orientada a las necesidades. Todo esto requiere desmantelar los mecanismos de funcionamiento de la sociedad accionados casi exclusivamente por el interés del capital, poner en primer plano la planificación social y ampliar la democracia formal parlamentaria y política hacia una democracia económica real.

En este sentido, la campaña «Expropiar a Deutsche Wohnen & Co», ya mencionada, aborda la cuestión de la propiedad, pero también la cuestión democrática de quién debe gestionar las viviendas urbanas y cómo. De importancia clave son aquí tanto la demanda de establecer consejos de inquilinos que tengan un poder de decisión real, como el necesario debate público sobre cómo se debe ampliar y gestionar el parque de viviendas.

Se trata de poner en práctica nuevos proyectos democráticos. No hace falta que todos y todas participen siempre, sino que debe existir la posibilidad de intervenir en el ámbito cercano para defender los propios intereses. Pero esto, por supuesto, también atañe a las grandes corporaciones. La ciudadanía debe poder opinar y decidir sobre cuáles deben ser las políticas de unas empresas cuyos objetivos consisten, o deberían consistir, en la satisfacción de las necesidades básicas de toda la sociedad.

En lo que respecta a la transformación ecológica, esto significa no solo reorientar las estrategias de ganancia empresariales, sino orientar la producción hacia valores de uso socioecológicos determinados por la sociedad. Cada vez más personas en este país simpatizan con esta perspectiva más radical, porque les guía la sensación de que no se puede seguir como hasta ahora. Concretamente, un ecosocialismo profundamente democrático implicaría también quitarle a la gente el miedo al cambio, e incluso despertarles el deseo de un cambio emancipador.

Para terminar, me gustaría que abordemos otra perspectiva. Una política de clase ecológica no puede llevarse a cabo únicamente en un país y requiere una perspectiva internacionalista. Y ahí llegamos también al cuestionamiento del modo de vida imperial y a la estrategia de un modo de vida solidario, en el que las capas privilegiadas del mundo ya no vivan en perjuicio de los demás y de la naturaleza.

Sí, en última instancia, se trata también de la abolición de los privilegios, de la transformación de una Europa que sigue basándose en el neocolonialismo; una Europa que ahora, bajo un manto verde, explota los recursos mundiales restantes a través del neoextractivismo. Ese es el problema del capitalismo verde, porque necesita cada vez más explotación de recursos, lo que produce automáticamente condiciones extractivistas adicionales en el Sur Global o incluso en la propia Europa. De Serbia a España, también hay proyectos de este tipo en este continente.

Estos temas son igual de importantes e imprescindibles para un ecosocialismo que se tome en serio. Ahora bien, representan un enorme desafío, ya que fácilmente abruman a las mayorías que primero piensan en cómo arreglárselas en el día a día. Esto no quita el hecho de que queremos y debemos cambiar el modo de vida dominante, que carece de solidaridad y es hostil a la vida en muchos aspectos.

Tenemos que llegar a una especie de socialismo de decrecimiento; no me gusta el término, pero en esencia es eso. Para la transformación socioecológica, algunos sectores productivos deben reducirse y otros crecer. En general, se trata de reorientar toda la economía hacia las relaciones humanas, para lo cual se necesita no solo el mencionado «bienestar del tiempo», sino también una infraestructura social basada en materiales y recursos lo más renovables posible. Para construir viviendas de protección oficial habría que evitar el cemento, uno de los productos más perjudiciales para el medio ambiente que existen en el mundo.
Todo ello significaría que, en términos absolutos, consumiríamos muchos menos recursos y materiales, y que estos se obtendrían o se producirían sobre la base de un orden económico y comercial internacional justo. Hace tiempo que existen conceptos y propuestas inteligentes al respecto, tanto en lo que se refiere a la extracción de materias primas como a la mano de obra del Sur Global.

Y ahí es donde las directivas ómnibus de la UE van exactamente en la dirección opuesta. El objetivo de estas políticas consiste en eliminar lo logrado hasta ahora en materia de ley de cadenas de suministro, control, participación social de las comunidades indígenas y, por supuesto, precios justos. La actual estrategia del capital en Europa y en otros lugares se resume en lo siguiente: la eliminación de todos los estándares sociales, ecológicos y democráticos a nivel mundial.

En contraposición, en la Fundación Rosa Luxemburg, por ejemplo, hemos desarrollado un concepto para basar la producción alemana de acero en una producción de hidrógeno justa y socioecológica en el Sur Global. Esta debería funcionar allí con energías renovables, lo que requiere una infraestructura que sirva, ante todo, para abastecer al propio país con energía renovable, para solo entonces producir hidrógeno para el Norte Global. Es decir, una relación de intercambio completamente diferente, en la que las inversiones globales primero se dirigen a compensar los daños, causados con anterioridad por el Norte Global, promoviendo el establecimiento de infraestructuras en el país mismo antes de beneficiarse nuevamente de ellas.